sábado 14 de agosto de 2010

"Trópicos fundamentales"

Hablar de la poesía de Patricia Medina, es hablar de la palabra que brota, que florece dentro del alma, que se proyecta en la luz: que revela fragmentaciones del silencio . Y en esa ruptura, las palabras cobran sentidos paralelos, cobran distintos significados.

Hablar de la poesía de Patricia Medina, es trazar tormentas en el alma. Redimir sentimientos. Acercarse y alejarse, en un mismo sentido, de todo lo que le pertenece al Hombre en su esencia.

La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. Mediante la palabra (…) procura hacer sagrado al mundo. Se consagran los hombres y las relaciones (…). Porque es un testimonio

Hablar de la poesía de Patricia Medina es, precisamente, hablar de esa comunión, es hablar de hacer sagrado al mundo: lo fundamental: el origen.

En “Trópicos fundamentales”, poemario estructurado en cuatro secciones (Figuraciones, Paralelos, Círculo mayor y Trópicos fundamentales”, Patricia Medina inicia su canto con “Regreso a casa” y la casa, para Gastón Bachelard, es un ser privilegiado, porque en ella siempre hay cuerpos de imágenes y aumenta el valor de la realidad, porque en ella, en la casa, hay recuerdos de todas las otras casas que hemos habitado o que soñamos habitar. Por eso ocurren varios rincones del mundo, un gran cosmos en donde la luz cabe completa en un cuarto. Y todas las rutas pueden trazarse en fragmentos del cuerpo. Cuerpos con miedo a verse reflejados. Las flores, en esta casa, sobreviven a cirugías. Y se incendian momentos en que un búho, sabiduría por antonomasia, susurra por los muertos y se canta la nostalgia del polvo. Esos mismos recuerdos que habitan en las casas que soñamos. En “Regreso a casa” la casa también puede ser un útero, como todo “Trópicos fundamentales” podría serlo. Un útero, un lugar seguro. Y salir implica también volver. Regresar al origen. Regresar al lugar al que, después, ya nunca se vuelve. Y todo rota desde la raíz. Todo puede derrumbarse. Y todo bosteza en la casa. “Trópicos fundametales” es un testimonio del poeta que comienza a hablar de sí mismo para continuar hablando de esa unión de puntos. Mientras, la voz se apaga para que el poeta regrese a casa. O para imaginar. Y en ese regreso, existe un sentido de pertenencia. El poeta es del agua, elemento perfecto por ser el único que puede presentarse en todos los estados de la materia.


Hablar de “Trópicos fundamentales” también es hablar de lo que revelan los latidos: los secretos de las cosas y su sangre. Del aire en el cual las cosas se vuelven sublimes. De “alas que imitan dedos” y “qué aire escriben cuando en la luz se parten por el tacto del sueño” El aire, el lugar perfecto para consagrar cada una de las exhalaciones.

“Bastaba no saber en el principio

Ni acordarse, ni saber el sabor de la sal.

Un día aparecimos

Yo me escondí la pluma con la que no era ave

Y a gotas la dejé desangrase”

“Bastaba no entender ni la palabra que precedió al amor”

“Trópicos fundamentales” es una ruptura del canto de origen que provoca una costilla rota. Una fractura completa. Es un desprenderse para caer en un grito lento que nos carcome por dentro. Una acumulación de movimientos que trascienden, igual que en “La rosa aniquilada de la sed”, que está en el fondo del agua que se rema para volver.


El poeta nos deja, también, “Santo y seña” para encontrarlo, el punto es: donde un pájaro anide en otro cuerpo. Y en esa misma calma, los peces surgen de la boca del poeta para reflejar los colores de un maremoto. Maremotos en donde no se retrocede, ni se dice más. En donde la que “jugó a morir”, ya no está más. Ni hay monedas, ni sol. Ni limpias inscripciones. Y se abren almendros. Se tiran cáscaras. Y las sombras se quiebran. Se habla de una primavera, rendija hacia la nostalgia de los otros. Hacia la voz que calla. Y el pájaro y el pez pueden ser lo mismo pero distintos. Y el poeta puede contenerlo todo: el orbe entre las manos. Un “Diminuto sol” que desnuda y desdobla alas de otoño y mar.

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El poeta cede. En el miedo hay incendios, historias que se consumen. Un mar. Sabe que hay viajes de los que uno nunca vuelve, porque se queda atrapado en un constante rodar. Algo cíclico. Movimientos. Se habla del viaje. De lo que se lleva. Como si las ausencias pesaran más que todo el equipaje. De un tren como espacio en el que ocurre lo inhabitable. Hay un sentido en el que se reflejan todas las cosas. Pero poco pertenece. El poeta se desprende. Hace el grito. Rema en truenos de abrazos y al final del agua mira una rosa que se aniquila.


Hablar de la poesía de Patricia Medina y de “Trópicos fundamentales” es hablar de un caleidoscopio. De cosas que arden. De la resurrección del mar. De los rituales y sus sacrificios. Pero también de la inocencia, de la serenidad. De Caín y de Abel. Y de Dios en el teléfono. De noches que quedan como restos, de noches de donde se regresa.

“Si lo perdido vuelve a ocupar su tamaño en la ceniza, levitemos”

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El poeta también es sirena en donde habitan peces. Escucha sus años anteriores. La voz calla. Y pez y pájaro comulgan en espacios diminutos con soles desiertos. Y las alas pueden ser pedazos del otoño. De un caleidoscopio en el que uno muere.


Dios está en el teléfono.


El poeta levita. Su paso en la tierra. Se traslada entre la página y la noche. El vértigo de caer. De la música que también acontece en “Trópicos fundamentales”, una música nocturna para un tedio. Descubrir la palabra desde el fuego y comenzar en septiembre. Comenzar siempre a saber de las edades en que el cuchillo rompe la pluma y todo se va. “Todo el fuego es el horno”


“¿En dónde estamos que no vemos ni escuchamos nada?


No. La negación como punto de partida para inhalar y exhalar. Para entender lo que no se conoce. Lo que no sube. Lo que no está. Lo que no se sabe. Lo que no es secreto. Lo que no se sueña. Y saber, que la silla es una mancha, que ya no hay jardín. Que el lápiz también tiene un pasado que duele. Y que la bicicleta y que la alquimia.


Hablar de “Trópicos fundamentales” es hablar de una rosa que migra hacia el mar. Que se hace nocturna y marina. Preferir un silencio. Porque hay silencios que no son tiempos perdidos. Porque hay soles y hay dibujos con rostros despiertos. Escuchar las noticias del cantor y saber dónde. Que estaba lejos Dios. Que los libreros no se leen. Que está dormido en el altar. Que no. Que no hay tiempo. “No hay tiempo para aprehender las cosas de este mundo” y todo queda tan ligero, tan liviano. Tan suelto en el propio espacio. Como Alicia que cae y no puede asir nada. Sólo la caída ligera. Porque “no hay tiempo para calcular el aire”


“Dios habita en los pájaros” Se eclipsa. Va alto. Atraviesa la noche. También es colibrí. Y tiene un fondo parecido al árbol. Al centro de las cosas. A lo invisible del ojo. Al sol frío que se coagula. A lo que se invoca. Al amor que se contiene en todo lo dicho. Hay que caber en la palabra. Habitarla. Ser espejo. Comenzar a hablar de uno desde uno mismo. Y creerse vivo.


El poeta agradece al agua y a los cuerpos. A las cigarras y lo que hay debajo de la piel. Sus plegarias van más allá de la distancia, del otoño violento que habita en el cuerpo. Del norte de la estación.


“El mundo es tu pupila” dice el poeta. Convierte en llama al cuerpo amado. Levanta plegarias como quien ruega porque no se vaya nunca ese sentimiento que nos deja miopes los dedos. Por no ser un espantapájaros mudo y atónito.


El poeta tiene granadas en la sangre. Un ciclón bajo el vientre. Su nombre es clímax. Nombra al amor barco y se hunde con él. Levanta las anclas y llega a un puerto desconocido. Habla de Inés como si Inés fuera también yo. Sabe que soñar es difícil. Y lo reafirma. Amanece sin piel, con un peso de día en la garganta. Con una puerta que da hacia ningún lugar y hacia todos.

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“¿Dónde pongo las sobras?”


Amanece en ella un ladrido. Es mujer que nunca se retracta. Que se amolda. Que desea una casa segura. Una casa, como espacio que nunca debe caer. Con paredes que guarden y amortigüen el dolor. Hay otra que llega a ella. Un desagüe por el que se va la carne. La juntura de la boca. Y basta con ser ella. Con que las cosas lleguen a su destino. Como si todo le perteneciera a uno. Pero nada es de uno. Ni uno mismo. Ni siquiera la quijada que se disloca para no decir nada. Ni siquiera amanecer siendo una cosa. O despertar y no reconocerse. Había una vez… un huésped. Y la espera. Que agota. Que se dice. Que el cuarto y la navaja al filo. Y el mar. Las ciudades condimentadas con reliquias.


La mujer escalera que nace de la casa y desemboca en el mar. Y ella, que es roca, se desvanece. Y las cosas ya no están. Se van como quien desocupa el tiempo y se derrumba como edificio de cantera.

No hay Un tiempo definido para hablar de estos “trópicos fundamentales”

Sólo hay una mitad del mundo y un trópico que arde a un lado de las huellas.

“Y quiero humea en mi cantar de vidrio

Pues se erige a sí mismo

Como señal y fundamento

Del corazón del día”


Leticia Cortés

martes 10 de agosto de 2010

2da. Celebración y Homenaje a Patricia Medina


Ingrid Valencia: presenta "La memoria era hoy"
Cristina Ramirez: presenta "Fronteras de cristal"
Fabiola Saborío: presenta " Contracorriente"
Leticia Cortes: presenta "Tropicos fundamentales"

Sábado 14 de agosto, a partir de las 17:00 hrs.
Rojo Café
Entrada libre