lunes 23 de febrero de 2009

CANTO DESDE SÍ


Prólogo del poemario "Alba-vigía" de Melissa Nungaray


Canta el poeta.
El vacío atisbado de ausencias.
Eco.
La magia se vuelve visible al tacto.
El poeta escande la muerte con la misma precisión de un puñado de gente
que como fantasma camina.
El verbo nace en “Alba-vigía” como la revelación del sonido entrañable de las palabras que alean libremente en las alturas.
Palpitan los sentidos de Nadie que puede ser Cualquiera.
Es la ausencia el alba que descubre y escucha lo que se desmorona.
Hay muchos sonidos del polvo y muchas maneras de poetizarse.
Pero Ella – Melissa - ahoga el quejido en sus manos
lo hace arena. Pulveriza el origen.
No permite la entrada del fin que se vuelve principio y se hace lo último.
Hay en Ella una búsqueda del Ser, una búsqueda que se advierte y tiembla.
“No soy / lo que digo / en la lámpara / del vértigo”
Y en esta oscilación puede ser lamida por el vértigo que es acusado por el alba
que es cegado por sí mismo.
En Ella los silencios cobran vida
despiertan.
La conciencia puede ser un volcán de palabras o de espigas
y los días florecen con tanta fuerza y tanta ternura similar
a soldados en tropas asesinando lo que se siente: lo móvil.
Lo áspero se vuelve terciopelo que corta.
La memoria estorba y se solidifica.
Hay una luz asentada. La muerte se levanta entre los huesos que delatan los funestos días con sus dedos largos.
Que denuncian el cuerpo del Otro: el de la infancia, el de la inocencia de la muerte propia del Poeta.
En “Alba-vigía” el Poeta habita en las entrañas de la Luna, sabe que la soledad existe, sabe que el poema puede ser evocado por muros que contemplan sombras de cuerpos que respiran la palpitación de la muerte.
El cuerpo es un cúmulo de engranajes que gritan historias, es una nube densa que da frutos o pájaros que toman el cuerpo de las simientes.
Pájaros que huyen del páramo para renacer.
El aire, con sus manos, disipa la calle y es el silencio el que vuelve para reconstruir lo asible.
Hay una oscuridad que flota con agotamiento y el desafío de la ausencia.
La garganta se hace Tierra.
Ella lo sabe y se hace cielo porque lo ve todo.
Porque la imaginación se hace oculta.
Porque la sombra es un sonámbulo que ilumina, que se esconde y se desplaza.
Porque el ojo, porque la pupila, porque el sueño, porque Ella.
En “Alba-vigía” el agua herida es manantial de sangre sacra.
Y a lo lejos. La venganza del Eterno tesoro.
Hay frío. Una “infinita frialdad”
una seca corteza de ángel.
Caen las palabras y cuentan historias de agua y de tierra.
El alma sí. El alma tiene tolerancia y se transparenta.
Ella lo sabe. Porque la muerte y la locura mueven al necio y al sabio.
El poeta se desliga de su piel. Y se hace luz.
Se alumbra. Y la luz desaparece: inventa la sombra.
Todo se hace alba, viaja a las entrañas del poeta.
Todo se concentra como martillazos en el corazón.
La poesía toma vida de sangre, de movimientos, de infiernos, de sonámbulos, de sequedad.
En “Alba-vigía” hay una parcela vacía llena de ausencia que invoca apariencias enfermas.
Es también un cuerpo colérico, un “algo” que cobra vida y apuñala.
Son varios momentos.
Porque muchas son las memorias y las grietas,
las pérdidas que vuelven y se apagan.
Los rostros que se anulan de las historias
y el golpe del olvido que resquebraja el cráneo y lo dilata.
Melissa lo sabe.
Su cuerpo y el viento, lo que ve cuando toda ella se relampaguea, toda su alma y su triunfo. El fuego y la dilatación. Todo lo refleja en su garganta que se cierra para dar paso a la tempestad que se desploma, que se incendia y se hace gota.
Una flor que ilumina lo gélido de la oquedad. La fuente árida, la agonía del vigía, el alba de lo fortuito. Una lágrima que revela un surco de sangre y de abismo. De la infancia que olvida el origen de la mirada.

“El cielo se cierra,
el fin de la Tierra se presiente.
Finalmente el paraíso se desplaza”

entonces el cuerpo
entonces la sangre
mira
se hace llanto. Se hace “Alba-vigía”
Leticia Cortés / Guadalajara, 2008

domingo 22 de febrero de 2009




Una mujer rota
tiene adherida su voz a un destello de bala.
Tiene una matriz
llena de huecos.
Un pedazo de mariposa.
Plexo solar asfixiado.
Tiene roto
el rostro y roto el pasado
que se construye cada noche
que se pierde en la distancia.
Fractura de ósea pared.
Se quebranta
porque el agua se vuelve imperfecta.
Porque odia la sangre.
Se rompe
porque los hisopos se llenan de ácido.
Porque los hisopos se llenan de nombres de Él.
Porque la enfermedad la llena por completo.
Una mujer rota llora el silencio de los pájaros.
Llora la eternidad del árbol que se levanta en la caída.
Siembra un matorral de aves.
Siembra un dolor que se asemeja a su risa desgastada.
Rota ella y roto el verbo que la hizo mujer.
Amplia la sala que la guarda.
Amplia la pared blanca que la abriga.
Amplio el refrigerador y frío que la abrasa.
Nombre de mujer rota no identificado.
Nombre sobre la plancha que asemeja los brazos de un hombre.

Una mujer rota
guarda en el corazón
los sonidos violentos del vacío.
El eco de la mirada que le daba vida.
Tiende la mano en la distancia
y su vuelo es un soplido de colibrí.
Aleo que retumba en el río que la recuerda.
Hubo una vez
una mujer
que nació del agua y de la tierra.
Una mujerque tenía en el ombligo
clavadoun girasol.
Y fue jardín de altura y de luz.
Y ahora
rota mujer
tiene fracturado el llanto,
Torre de Babel es su vientre,
atadas las manos y medias de red.
Serrados los ojos y enferma la serpiente que duerme.
Rota de sustantivo y de hambre,
de libertad arrebatada.
Rota mujer no identificada
ha olvidado su origen.

Leticia Cortés
(antologado en "La mujer rota. Un homenaje a las mujeres rotas del mundo" Literalia editores)
(fragmento)
¡Arde el agua!
Tus dedos que cabalgan mi cuerpo.
Arde la lluvia,
el templo que son tus muslos.
Todo ceniza.
¡Arde!
el polvo que cimbra al mundo.
La cabeza inclinada que busca.
¡Arde!
el espacio lleno de flujos.
La lengua de la mariposa que grita.
Arden los montes.
El barro que formó
mi costilla derecha.
Arde la caída del árbol.
El espiral de tu boca
que busca mi boca.


Leticia Cortés